lunes, 16 de mayo de 2011

¿Colonización cultural o subversión literaria?

“Se llevaron el oro y nos dejaron las palabras", dice Neruda de los conquistadores ibéricos. Porque, con excepción del Paraguay, jamás fuimos bilingües y porque nuestras lenguas aborígenes no tenían escritura, en  América Latina aprendimos a leer en la lengua de esas palabras incluso los textos sagrados de los mayas-quichés: el Popol Vuh, el Libro de Chilam Balam, los Anales de los Cakchiqueles.
Así, el idioma de los conquistadores comenzó a ser la única lengua oficial, la de la administración y de la justicia, la de la educación y de la escritura. Aun, hoy día nuestras poblaciones aborígenes viven en una situación que la moderna sociología latinoamericana ha calificado de "colonialismo interno". Tienen que saber leer y escribir en la "lengua de los blancos", para tener derechos de ciudadano. Nuestros compatriotas discriminados están obligados a hablar o, por lo menos, a comprender nuestro español (o el portugués, en el Brasil) si necesitan comunicarse con nosotros, sin que por nuestra parte hagamos el menor esfuerzo por entender el quichua, el aymara u otras lenguas indígenas o las lenguas africanas trasplantadas a América. Así continúa la colonización cultural iniciada por la colonización a secas.
En algunos países, una conciencia nacional, recientemente despierta, ha comenzado a recoger y hacer perdurables por escrito las tradiciones y leyendas aborígenes, la mitología y los signos de que están llenos los sueños y los lenguajes de nuestros indígenas y negros, pero esas obras tienen hasta ahora un interés antropológico más que literario. De ahí que, cualquiera que sea nuestro origen étnico y nuestra ideología, los "colonizadores" somos hoy día todos los que ejercemos el terrorismo de una lengua y de una cultura oficiales originalmente venidas de Europa.
Los que fuimos a la escuela, precisamente, mucho antes de que nos percatáramos de que, queriéndolo o no, íbamos a volvernos cómplices de esa vasta empresa discriminatoria, nos dimos cuenta de que nosotros mismos sufríamos la "dictadura perpetua" del adulto de cien cabezas: padres, maestros, confesores, empleados de comercio, transeúntes, entre otros. Ellos sabían lo que nos convenía, lo que debíamos hacer o decir y sabían, mejor que nosotros mismos, lo que nosotros queríamos. Y en casa, los padres nos imponían, al igual que la comida que a ellos les gustaba y la hora de ir a la cama que a ellos les convenía, los cuentos que ellos preferían y que, lo sospechábamos, eran los únicos que conocían.
Pero, a partir de cierta edad, ya no quisimos esos "cuentos para niños", quizás porque estábamos hartos de su pedagogía, y no queríamos ser inocentes ni diligentes ni sumisos; ya no nos interesaban esas historias en las que, con la excepción de Pulgarcito, jamás faltaba como heroína una muchacha que era, había sido o iba a ser una princesa. Queríamos escapar de una realidad autoritaria, impositiva, maniatadora, que ni siquiera nos dejaba el derecho de soñar. Porque si a Alicia "le bastaba abrir los ojos para volver a la realidad", a nosotros no nos bastaba cerrarlos para soñar y evadirnos de ella, para escapar a la tutela de los adultos con su omnipresencia, su omnipotencia y su omnisapiencia que nos asfixiaban. Y nuestra rebelión contra ese tipo de colonización fue la lectura: desde el momento en que pudimos leer por nuestra cuenta, leímos esos libros "para grandes" que nunca nos leyeron los adultos.
Como una compensación por lo que nos parecía una suerte de injusticia inmanente en el hogar, en la escuela, en el barrio, en la ciudad, lo que buscábamos en la lectura era algo que equivaliera a largarse de la casa, como Tom Sawyer, a poner un poco de orden en la vida y "enderezar entuertos", una especie de Robin Hood, que defiende al inocente y denuncia a los culpables.  Salvo estas excepciones, prácticamente no encontrábamos en nuestras lecturas personajes niños o adolescentes cuyo destino hubiéramos podido compartir o apropiarnos.
En cuanto a Pinocho, por ejemplo, a cuya lectura nos incitó un programa televisivo, ya habíamos mentido bastante para saber que no es verdad que al hacerlo a uno le crece la nariz y, con una comodidad de culpables, poco nos inquietaba "el grillo de la conciencia". Nos gustaba, en cambio, el desenfado con que Pinocho llevaba una vida de adulto disipado, aunque no era esa nuestra mayor aspiración. Quiero decir que admirábamos a nuestros "modelos" de adultos aventureros, corsarios, piratas y navegantes, quizás porque la gran aventura tenía que ser por mar. Se trataba de poner distancias, océanos entre nosotros y la injusticia que, por no haber viajado, creíamos que era puramente local.
Nuestros primeros héroes, en el doble sentido de la palabra, fueron los personajes de Emilio Saîgari: Sandokán, su solo nombre sonaba ya a epopeya, el corsario malayo que combate a las autoridades colonialistas inglesas, el Corsario Negro y el Corsario Rojo, que actuaban en el Caribe contra los gobernadores españoles y que, por una jugada del corazón o del destino, amaban a la hija o a la sobrina de su peor enemigo. De Guatemala al Uruguay, de Puerto Rico al Ecuador, formábamos bandos en los que nos poníamos indistintamente al lado de uno u otro de ellos. (Pero no teníamos chicas que pudieran hacer de Yolanda, la hija del Corsario Negro que era Reina de los Caribes).
Quizás por tanto mar y tantas islas; por la visión desveladora de la lucha cuerpo a cuerpo con los piratas y el abordaje; por culpa de Simbad y La isla del tesoro; por envidia de Robinson Crusoe que fue capaz de sobrevivir 28 años, 2 meses y 19 días en una isla donde nadie había que le impusiera su voluntad; por los viajes de Gulliver; por los hijos del capitán Grant (Verne nos aburrió al comienzo, tal vez porque el viaje a la Luna y al centro de la Tierra eran demasiado, pero después nos apasionó la complejidad del enigmático y contradictorio capitán Nemo); por la aventura del Conde de Montecristi, con su hallazgo del tesoro que iba a permitirle la venganza justiciera…, algunos jóvenes salieron de casa y llegaron a ser, según la suerte, mozos de salón, agentes viajeros, correctores de pruebas, vendedores de libros, hasta que cada uno fue encontrando el lugar que la sociedad le reservaba, como suele decirse, más que por un determinismo social por una especie de fatalismo cómodo: el afán de justicia y el gran sueño de la aventura se transformaron, por regla general, en "espíritu práctico", y aunque siguió habiendo quien quería transformar la vida y el mundo, hubo, en mayor número, comerciantes y militares, empleados y policías, economistas y delatores, embajadores y notarios. A las muchachas, hermanas y primas, no nos fue mucho mejor: después de habernos dormido soñando con el príncipe que nos liberaría de la servidumbre, comenzamos a llorar con Mujercitas de Louise M. Alcott, luego puesto que eran lecturas prohibidas en el colegio de las monjitas, creímos tener derecho a un destino de amor como el de Madame Bovary..., y terminamos casándonos con el mejor partido que pudieran encontrarnos los padres o sucumbiendo a la palabrería, siempre poco original, de los tenorios del barrio.
Pese a todo, muchos de nosotros habíamos descubierto, yéndonos o quedándonos, un continente fabuloso e ilimitado: el de la literatura. Unos pocos se instalaron en él hasta ahora o hasta su muerte; para otros, fue una visita pasajera. Lamentablemente, en la actualidad, los varones se dedican a leer casi exclusivamente los álbumes y libros de historietas ilustradas y las muchachas las fotonovelas, verdadera fábrica de una subliteratura trivial, de exaltación de la comodidad y hasta del racismo. De igual forma, en muchos países, adolescentes de ambos sexos, atrapados en un momento difícil de su destino colectivo, son ellos mismos héroes de la historia y no tienen tiempo para leer historias con héroes, y arrugando la nariz acostumbrada ya al olor de la pólvora, se dicen, con razón, que la literatura puede esperar.

viernes, 22 de abril de 2011

La Lingüística Textual

     El estudio y conocimiento de la lengua en la historia ha generado muchas tendencias que van desde los antiguos enfoques, que planteaban un riguroso esquema de aprendizaje de normas de la gramática tradicional, hasta la concepción de la lingüística textual que propone el análisis del discurso a partir de tres dimensiones: (a) el uso del lenguaje, (b) la comunicación de creencias (cognición) y (c) la interacción en situaciones de índole social (contexto). Luego de un proceso de reflexión y análisis de diversas lecturas, en este capítulo se hace referencia en primer lugar, a los aportes iniciales presentados en relación con el estudio y conocimiento de la lengua y, en segundo lugar, a diversas definiciones de la teoría de la lingüística textual.

 

Precedentes de la Lingüística del Texto


        Existen autores que convergen en especificar a la retórica como antecedente del estudio del texto. Van Dijk (1983) afirma que: “Podemos considerar la retórica como un precedente histórico de la ciencia del texto si nos fijamos en la orientación general de la retórica clásica, consistentes en la descripción de los textos y de sus funciones específicas” (p. 19). La retórica, precisada como el arte de hablar, desde la antigüedad clásica define las reglas que rigen toda composición o discurso en prosa y se ocupa de los principios fundamentales que tienen que ver con la estructura y explicación del discurso. A partir de estas premisas se establece la relación que tiene la retórica como doctrina que antecede al estudio textual.
        Barthes (1982) estima que: “El poder de la elocuencia que demuestran Néstor, Odiseo y Aquiles en la Ilíada llevó a muchos griegos a considerar a Homero como el padre de la retórica” (p. 20). A Homero le sigue un grupo denominado “sofistas” que realizó un estudio de la lengua con el propósito de hacer que los hombres hablasen mejor según las reglas del arte. En esta época se destacan reconocidos filósofos como Platón. Perelman (1997) reseña: “Platón atacaba a los sofistas y a los maestros de la retórica porque estaban más preocupados por halagar a sus auditores que de enseñar la verdad, tan querida por Sócrates” (p. 9). El mencionado filósofo satirizó el tratamiento más técnico de la retórica haciendo hincapié en la persuasión como técnica de elocuencia para expresar la verdad. Por su parte, Aristóteles definió la función retórica sustentándola en el descubrimiento de todos los medios posibles del razonamiento persuasivo y ordenado de la verdad; consideraba a la retórica como arte, práctica y destreza hermanada con la lógica.
        A lo largo de la historia lingüística se conocen diferentes disciplinas científicas que se dedicaron, entre otras cosas, a la descripción de textos. Es así como la Retórica conforma con la Gramática y la Dialéctica, el Trivium de las disciplinas preliminares que se impartían en las  universidades medievales. Sin embargo, es la retórica la doctrina considerada como uno de los principales antecedentes del estudio del texto. En el  período medieval, Barthes (1982) destaca lo siguiente:
Las principales autoridades medievales en retórica fueron tres estudiosos romanos de los siglos V, VI y VII: Marciano Capella, autor de la boda de Mercurio y Filología,[…] Flavio Casiodoro, historiador y fundador de monasterios,[…] e Isidoro de Sevilla, arzobispo español autor de las Etimologías, una obra enciclopédica que reúne la erudición del mundo antiguo (p. 23).

      Más adelante, durante el renacimiento, el estudio de la retórica  se sustentaba en obras de escritores como: Cicerón, Quintiliano y Aristóteles, cuya poética se difundió desde finales del siglo XV hasta el XVII. De allí que los manuales de retórica, escritos casi todos en latín, se convirtieran en guías para escribir bien, para construir versos y para expresar  elocuencia. De esta forma, la retórica se convierte en una disciplina del pensamiento y del lenguaje. Petöfi y García Berrio, citados por Bernárdez (1982, p. 22), sostienen que: “La moderna lingüística del texto se ha encontrado ya con una larga tradición de análisis. Olvidadas pero no superadas, es preciso contar siempre con las enseñanzas de la Retórica”. En este sentido, se destaca la importancia de los aportes que presenta la retórica a la lingüística textual, ya que ésta surge de la necesidad  por el estudio del texto y se desarrolla con la intención de crear una disciplina independiente que diera una respuesta descriptiva al texto en un ámbito global. Van Dijk (1983) reseña:

Desde la Antigüedad Clásica se conocen la poética y la retórica, que se ocupaban de las estructuras especiales y de las funciones estéticas o persuasivas de los textos literarios o los discursos, como hoy en día lo hacen la estilística y los estudios literarios. También la teología y la jurisprudencia emplean tipos de textos especiales, que en ambos casos requieren una “exégesis”. (p. 9)

       Por consiguiente, cada una de estas disciplinas otorga una explicación particular y específica a diferentes tipos de discursos desde el ámbito donde son producidos. La retórica se ocupa, básicamente, de cómo se produce y procesa un texto en la interacción comunicativa haciendo un representativo énfasis en la función persuasiva del lenguaje.
       Beaugrande y Dressler (1997) explican: “La retórica es la forma más antigua de preocupación textual. Su origen se remonta a la Grecia antigua y su historia se extiende por la época latina y, a través de la Edad Media, llega hasta nuestros días” (p. 50). Los retóricos eran oradores entrenados para elocucionar ante un auditorio. Las tareas fundamentales de investigación  retórica se sustentan en: la inventio (selección de ideas), la dispositio (organización de las ideas), la elocutio (expresiones apropiadas para exponer las ideas) y la memoria previa a la deliberatio (situación efectiva del habla).
        Los autores antes mencionados plantean que la retórica mantiene algunos intereses en común con la lingüística del texto entre los que se destacan:
Mediante un entrenamiento consciente puede mejorarse el paso que media entre las ideas y su expresión lingüística […] puede emitirse juicios sobre los textos según el efecto que provoquen sobre la audiencia concreta de receptores; y el texto es un instrumento de interacción comunicativa (p. 50).

       Ciertamente, en este planteamiento, el discurso se construye con intencionalidad, para causar en efecto ante el público, la relación entre lingüística textual y retórica la establece el carácter funcional y pragmático. De este modo, la interacción comunicativa es analizada como producción, proceso y recepción de ideas. Sin embargo, es evidente la existencia del vacío de la retórica al momento de dar respuesta en relación con las estructuras construidas a través de operaciones intencionadas de selección y las repercusiones que las mismas ocasionan en la interacción comunicativa, es aquí donde la lingüística textual tiene su particular repercusión.
       De la mano con la retórica, existe otra disciplina que también ha sido determinante por su preocupación del texto en conjunto: la estilística. Su influencia es ejercida por el estudio literario, debido a que para conocer y estudiar estilísticamente una obra es preciso fijarse en su organización completa, analizar el contenido del texto como un todo en unidad. La estilística analiza la obra literaria atendiendo al proceso creador del autor, desde la elección del tema, su desarrollo y estructura. En consecuencia, define tanto el estilo, como el modo de escritura peculiar de un escritor, y el género literario de una obra.
       Desde la antigüedad, el conjunto de los procedimientos del estilo constituye el objeto de la estilística. La llamada teoría de los tres estilos prescribe la utilización de cada uno de ellos en función del género utilizado. Según el tipo de obra, el autor puede optar por un estilo bajo, medio o sublime; cada uno de los cuales está definido por una sintaxis y un vocabulario particular, también de acuerdo a cada género se especifican: personajes, ambiente, tipos de situación, entre otros. En síntesis, el estilo es el resultado de una determinada elección entre variadas opciones que se efectúan en el transcurso de la producción textual.
        Al igual que la retórica, la estilística identifica cuatro cualidades discursivas: corrección, claridad, elegancia y adecuación. Las tres primeras dependen de la conformidad con respecto al uso prestigioso de la lengua, mientras que la adecuación se puede definir en términos presumiblemente similares a la noción textual, es decir, la conformación del discurso se realizará de acuerdo a las características de la audiencia. Estas nociones mantienen relación con los principios textuales, pero resultan limitantes para descubrir el tipo de elecciones utilizadas en la producción textual, específicamente, en aspectos como la secuencialidad, la selección de reglas y la justificación al elegir una determinada estructura.
        Para Van Dijk (2000): “el estilo es habitualmente una variación dependiente del contexto del nivel de expresión del discurso.”(p. 35). Esto significa que el escritor, para exponer un tema, selecciona el tipo de discurso que utilizará dentro de una variedad de géneros; por ejemplo: ante un suceso social, el relato puede presentarse como un artículo periodístico, propaganda o cuento. En consecuencia, la estilística y la lingüística del texto convergen y se interrelacionan, primordialmente, en el estudio de las variaciones discursivas que ocurren en función del contexto.
        Aunado a la retórica y a la estilística, los estudios literarios se han limitado al análisis de un restringido tipo de texto con características específicas. Beaugrande y Dressler (1997) hacen referencia al hecho de que:
Los especialistas en literatura se han embarcado en diversas ocasiones en tareas como las siguientes: a) describir los procesos y los resultados de la producción textual de un autor[…] b) descubrir algunos aspectos problemáticos o discutibles que aparecen en los textos; c) asignar valores a los textos. (pp. 53-54)

        En un intento por complementar estas tareas de la forma más sistemática y objetiva  los estudios lingüísticos han generado la creación de nuevos aportes para desarrollar el análisis literario. Los estudios literarios tienen como objeto de investigación la Literatura, expresada en obras de creación poética, dramática, lírica y estética, situación que excluye a una diversidad de tipología textual. Es posible afirmar que la lingüística del texto ha resultado la teoría particular que tiene como propósito ir más allá de la estructura y características, para dar respuestas a cómo y por qué se conforman y utilizan los textos.

jueves, 24 de marzo de 2011

El Lenguaje de la Química

Vivimos rodeados de signos que, de modo permanente, nos transmiten mensajes: levantar la mano para saludar a un amigo, colocar una cinta negra en una bandera en señal de duelo, entre otros. El ser humano puede, por tanto, intervenir o no en la creación de los signos naturales y artificiales. Los naturales son llamados índices, que el hombre ha aprendido a interpretar como signos: la fiebre es índice de infección o las arrugas de la cara son índice de envejecimiento y los signos artificiales son el resultado de una convención, es decir, que entre el objeto y lo que representa hay una significación convenida y más o menos arbitraria.
En este contexto es que haré referencia a la Química, ciencia que estudia las propiedades, composición y estructura de la materia y de procesos que tienen lugar en la misma, tanto naturales como provocados artificialmente, así como los intercambios de energía que acompañan a tales manifestaciones. En el mundo de la Química, a lo largo de la historia, los químicos se han visto en la necesidad de darle un nombre a los elementos o compuestos que se descubren en forma natural o se crean en los laboratorios.
Cada compuesto tiene propiedades físicas y químicas definidas que le permiten diferenciarse de los demás. Tales propiedades son, en buena medida, reflejo de su composición elemental. Pero esto no significa que las propiedades de un conjunto sean la simple sumatoria de las propiedades de los  elementos que le constituyen. El cloruro de sodio sería un buen ejemplo para desmentirlo, ya que, en condiciones ambientales estándar, el sodio es un sólido gris y el cloro es un gas amarillo-verdoso muy tóxico. Al combinarse ambos producen un sólido blanco, conocido por todos como sal de mesa. Por otra parte, dos compuestos pueden estar formados por los mismos elementos, pero dependiendo de la proporción en que se encuentren combinados pueden tener propiedades químicas y físicas bien diferentes. Por ejemplo: el agua y el agua oxigenada son sustancias distintas debido a la proporción en que se encuentran presentes en ellas los elementos que la componen. La fórmula del agua es H2O, en cambio, la del agua oxigenada, cuyo nombre químico formal es peróxido de hidrógeno, es H2O2.
A Menudo, el nombre da idea de las propiedades del elemento. Por ejemplo, hidrógeno significa, en griego, que engendra agua; oxígeno, que engendra ácidos; flúor, que es destructor; fósforo, que lleva luz, etc. De igual forma, el nombre de algunos elementos se ha dado en honor a los astros, como el selenio en honor a la luna, o el telurio en honor a la Tierra. También existen el uranio, el neptunio y el plutonio. Otras denominaciones se han tomado de la mitología, por ejemplo el tántalo, que es el nombre del hijo predilecto del dios Zeus.
Se conocen elementos que llevan el nombre de un país o de una parte del mundo. Por ejemplo, el germanio, el galio (de Galicia, el antiguo nombre de Francia). Asimismo, se perpetúan los nombres de los grandes científicos, como el caso del Fermio, Mendelevio, entre otros.
Ahora bien, en lugar del nombre completo de los elementos, para abreviar, los químicos utilizan símbolos químicos. A partir del siglo XIX, el químico sueco Berzelius sugirió utilizar como símbolo la inicial del nombre de cada elemento y, para solventar el problema de los distintos idiomas, la tomó de los nombres en latín. Así, el hierro se convirtió en Fe, la plata en Ag, entre otros. Cuando había más de un elemento que empezaba con la misma inicial, se añadía una segunda letra del nombre para evitar confusión. Como por ejemplo: Alumino (Alumen) (Al), Calcio (Calsis) (Ca), Potasio (Kalium) (K), Sodio (Natrium) (Na).
Actualmente, existe la tendencia a adoptar un sistema de nombres que permiten caracterizar las propiedades de las sustancias con mayor precisión. Para ello se da un nombre genérico correspondiente a la familia que agrupe al compuesto según su función química. Posteriormente, se especifica qué elemento presenta determinada función e, incluso, el estado de oxidación de éste, lo cual se logra con un manejo de terminaciones y de prefijos, según se requiera. Para simplificar la tarea de asignar nombres a los compuestos químicos se agrupan a los términos según su contenido o no de oxígeno. Con oxígeno: óxidos, hidróxidos, ácidos oxigenados (oxiácidos) y sales oxigenadas (oxisales). Sin oxígeno: hidruros, hidrácidos y haluros o sales haloideas.
Como pudo observarse, la Química también posee las nomenclaturas para denominar a los elementos y compuestos químicos, que, al igual que la Lengua Castellana, en algunos casos coinciden con los nombres y en otros no, son arbitrarios. No obstante, la Unión Internacional de Química Pura y Aplicada (IUPAC), durante más de ocho décadas ha promovido un lenguaje mundial en el área de Química para la unificación de su nomenclatura.

lunes, 17 de enero de 2011

La ciudad: educadora y educanda

      Acerca de la ciudad se ha hablado ya hace más de dos mil años. Los griegos llamaban a la ciudad polis y los romanos la llamaban civitas. El término griego sigue presente en expresiones modernas como "metrópolis" y "política", que todas las lenguas europeas contienen, mientras que el término latino ha dejado derivados en varias lenguas: "ciudad", "cité", "city". Sin embargo, cuando los antiguos decían polis o civitas, no querían decir exactamente lo mismo que nosotros cuando decimos "ciudad" o los ingleses o suecos, cuando dicen "city". Es decir, con esas palabras queremos expresar lo mismo y al mismo tiempo algo diferente a lo expresado por los antiguos. No se trata de una transformación propia y clara del contenido conceptual como totalidad, sino más bien de un cambio de perspectiva que nuestros diccionarios no pueden captar bien.
      Una ciudad puede entenderse como estructura física, como edificación; esta es la idea primera y más inmediata que surge en la mente de todos cuando nos encontramos con la palabra "ciudad". Pero, una ciudad es también la comunidad humana, la forma urbana de vida que desarrolla una población. La perspectiva del sociólogo exige a menudo este último aspecto, pero la perspectiva dominante es la del arquitecto. Entonces, puede decirse que  estamos, culturalmente, programados para entender la ciudad, en primer lugar, como una estructura física dentro de la que se desarrollan las relaciones humanas. Sólo en segundo lugar, entendemos la ciudad como el propio sistema de relaciones humanas que crea tanto estructuras sociales como físicas.
      Estructura física y vida humana son dos aspectos que siempre han ido unidos a nuestra manera de entender la ciudad, pero la relación entre esas dos formas de entender y la prioridad entre los dos aspectos varía con el tiempo y con la situación. Cuando los atenienses decían polis se referían primordialmente a "la comunidad humana" y sólo en segundo lugar a "la estructura o entorno físico". Los romanos por su parte usaban la palabra civitas casi exclusivamente en la acepción humana. Los romanos y sus inmediatos sucesores cambiaban por consiguiente de civitas a urbs cuando querían referirse a la ciudad como estructura física. Nosotros decimos "ciudad" para ambas, pero (aun contando también con la palabra "urbe") pensamos primordialmente en su estructura física y sólo en segunda acepción, cuando la necesidad lo exige, en la vida urbana de los seres humanos.
      Ahora bien, aclarado el término y retomando las palabras usadas por los antiguos: “polis o civitas”; haré referencia a la ciudad, entendida como el conjunto de actividades humanas de una sociedad, que construye el escenario en el que la misma vida activa humana se desarrolla; siendo una actividad, entre otras, si bien de extraordinaria importancia, la educación; puesto que aprender y enseñar forman parte de la existencia humana, histórica y social; por lo que no es posible ser humano sin hallarse implicado en alguna práctica educativa. En tal sentido, compartiendo las afirmaciones de Freire (1998), la ciudad se hace educativa por la necesidad de educar, de aprender, de enseñar, de conocer, de crear, de soñar… La ciudad somos todos y nosotros somos la ciudad, impregnados, además, por la continuidad histórica y por las marcas culturales que hemos heredado. Así también, la ciudad es educanda de acuerdo a las actuaciones de sus ciudadanos y según la inclinación política de esas actuaciones. De esta manera, el respeto a las personas y a las cosas, la manera en que la ciudad es tratada por sus habitantes, la cortesía, el cuidado con que se tratan los objetos públicos y la disciplina; son elementos con los cuales perfilamos la ciudad y somos perfilados por ella. En razón a esto, es necesario reexaminar el papel de la educación como factor fundamental en las acciones humanas, en sus ideologías, en sus luchas y en sus sueños.

miércoles, 12 de enero de 2011

Un sueño indeseable…

Elektra es una joven muy bella, esbelta y locuaz, que vive en la localidad del Kairos. Todos los días, en la mañana, se levanta, con buen ánimo, de su cama electrónica, la cual se activa a través de la voz. Lo que le permite levantarse después de un reconfortable masaje.
Su robots doméstico es atraído por medio de los implantes electrónicos que Elektra  posee en el cerebro, lo que le proporciona una interfaz directa con las computadoras, las comunicaciones y las aplicaciones basadas en Internet. Además,  estos implantes son capaces de grabar lo que ella ve y oye, en el momento que se requiera. De este modo, su robots se acerca hasta la habitación con el desayuno y le alista el vestuario de ese día, que es preparado según la preferencia de la chica, quien emite sus órdenes electrónicamente.
            Elektra se coloca su reloj-computadora y, además, lleva sus lentes visualizadores retinales  junto con la fuente auditiva para telecomunicarse con sus amigas en un diálogo bidireccional perfecto. Todas las transacciones las puede hacer desde su casa, pero prefiere salir a respirar aire fresco y para disfrutar de su vehículo inteligente con microalerones, que le dan un  desplazamiento espectacular, ya que las carreteras tienen sistemas de conducción automatizados, que son especie de redes de dispositivos de monitorización y comunicación para controlar a los automóviles, de forma segura,  por medio de computadoras. Además, activa la música de su gusto proyectando su voz, cual cantante de alto ranking.
           Al llegar al Centro Comercial Tridimetion, un lugar fascinante y controlado por ordenadores, se encuentra con Sasheira, una cyber-amiga, que conoció en el curso informático pasado. Después de saludarla, le comenta el sueño o, mejor dicho pesadilla, que había sufrido esa noche. Fue un sueño aterrador, que la llevó a una ciudad donde apenas algunas personas tenían unas computadoras tan grandes y con cables por todos lados, igualmente, la conexión a Internet era casi un imposible. Además, las personas tenían que aprender a manejar sus vehículos por unas calles deterioradas y  sucias. Para comunicarse a distancia, usaban unos teléfonos tan incómodos e ineficaces. Y lo peor de todo, tener un robot significaba atentar contra la humanidad. ¡Puedes creer eso! Para obtener mayor credibilidad, le prestó a la amiga sus lentes visualizadores retinales  junto con la fuente auditiva y le mostró la grabación del sueño. Situación que llevó a Sasheira a sentir el sueño, de manera tan real, que celebró la fortuna de que fuera sólo una pesadilla y de que, afortunadamente, vivían en una ciudad tecnológicamente organizada e inteligentemente controlada a través de la informática.